lunes, 19 de agosto de 2013
mirada solidaria
Lo admito, tengo dos piernas, dos brazos, ambas manos, buena audición, mi visión es fácilmente perfectible con lentes de baja graduación, y por último, Dios me dio la capacidad de verbalizar mis ideas con suficiente elocuencia como para que el resto de los mortales me entienda. Me considero una más del montón.
¿Pero qué pasa con aquellos que le resbalan al escalón de la cotidianeidad y sin ser menos se ven menospreciados tanto por las escaleras del banco como por la falta de semáforos para no videntes? Cuántas veces pensaste en ellos y en las batallas que rinden día a día para llegar al trabajo –o conseguirlo-, para hacerse de comer o incluso salir a dar una vuelta.
Entonces, a las dificultades naturales de las actividades antes mencionadas que tengan que subsanar diariamente se le suman los obstáculos que presentan una mala diagramación de los edificios públicos, la falta de líneas de colectivos acondicionadas para llevar pasajeros en sillas de ruedas e incluso una visión más amplia y solidaria de la sociedad misma. Así es como sin querer queriendo se auto-plantea una disyuntiva entre la ciudad y sus ciudadanos, y las personas con capacidades diferentes.
Déjenme contarles del problema de una chica que conozco, que por cuestiones de seguridad y anonimato vamos a llamar María.
María tiene 18 años, un papá taxista y una mamá ama de casa. A ella siempre le gustaron las ciencias exactas, y decidió comenzar una carrera relacionada una vez terminado el colegio secundario. María tiene, desde que nació, serias dificultades motrices y necesita de mucha paciencia y andadores especiales para llegar al aula en donde dictan las materias en la facultad.
Cuando tuvo que completar el formulario para anotarse en la facultad de la Universidad Nacional de Rosario, María indicó padecer de problemas motrices que le impedirían acceder a la mayoría de las aulas y laboratorios que no se encontrasen emplazados en la planta baja.
Deben haber extraviado ese formulario en la facultad porque desde hace medio año que María no puede presenciar ni laboratorios ni seminarios y se queda sin poder aprobar la parte práctica de la carrera. Ella dice que si le hubieran avisado con anterioridad que no la iban a ayudar, no se hubiese inscripto en una carrera que no iba a poder cursar.
Y como esta injusticia hay miles. Si María estuviera en condiciones de pagar una carrera privada, probablemente ella y su curso dictarían la totalidad de sus clases en el primer piso, o en su defecto, el edificio constaría de los elevadores necesarios para facilitarle el traslado.
No creo que la disputa en cuestión se halle entre carreras públicas y privadas, o en la falta de presupuesto administrativo. Porque colocar una rampa al lado de una escalera no debe necesitar de mucho más capital que el gastado en las épocas electorales en la Facultad, y si los ascensores no son viables dentro del edificio por faltas estructurales o económicas, un simple recurso podría provenir de la secretaría en donde se asignan los salones y docentes a los alumnos; con simplemente tener en cuenta que un estudiante tiene necesidades especiales se solucionaría el asunto.
Y sin ir más lejos que nuestras propias narices, el recoger los regalitos que nuestras mascotas dejan por la calle, le evitaría a un no-vidente tener que volver a su casa a cambiarse los zapatos, cada vez que semejante infortunio le arruine unos zapatos elegantes.
Las dificultades que padezcan las personas con capacidades diferentes existen y van a existir siempre, porque la ciudad está diagramada para funcionar para la mayoría, dejando de lado ancianos, no-videntes, sordos, personas con dificultades motrices y más.
Me gustaría escuchar un proyecto político para la adecuación de los edificios públicos a toda la extensión de su ciudadanía, me gustaría ver más gente ayudando a cruzar la calle al anciano que mira con cara de pánico el ir y venir de vehículos, como si de atravesar la avenida dependiera su vida. Modelar un entorno más amigable y solidario para con todos los ciudadanos debiera de dejar de lado su tinte utópico para pasar a formar parte de la realidad.
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